Hace muchos años atrás, un pequeño niño llamado Daniel decidió explorar el bosque cercano a su casa, todos los días lo visitaba en busca de nuevas aventuras. Durante uno de sus recorridos encontró un árbol muy hermoso justamente en el centro del lugar.

El árbol gigante tenía un cartel en el tronco en donde se leía “Árbol encantado, ¿Quieres saber por qué? Di las palabras mágicas”. Daniel con gran asombro y emoción comenzó a intentar resolver el misterio.

Diariamente visitaba el mismo sitio con la esperanza de descubrir las palabras mágicas. Comenzó utilizando “Abracadabra”, “Ábrete árbol”, “Uno, dos, tres, estoy frente a ti”, las cuales había visto en muchas películas y programas que le gustaban, aunque con ninguna de estas tuvo suerte.

Triste de no poder encontrar la palabra mágica decidió volver a su hogar, estuvo toda la noche pensando cual podría ser la frase secreta. Al otro día decidió volver al bosque con nuevas ideas, sin embargo, después de muchos intentos no pudo lograrlo.

 

Exhausto de tanto pensar se sentó bajo el árbol y se acordó de su madre y lo que siempre le decía: “Daniel, si quieres pedir algo, nunca olvides decir por favor”. De esta manera y con gran entusiasmo, el pequeño se levantó del piso y observando la frondosidad del árbol le dijo: “Por favor, arbolito”.

De forma inmediata se abrió una puerta enorme en el centro del árbol, el interior estaba muy oscuro, aunque con gran valor Daniel entró y comenzó a caminar en línea recta, luego de algunos pasos encontró un cartel iluminado en el cual se leía: “¿Quieres descubrir más? Sigue usando palabras mágicas”.

En esta ocasión se acordó de su padre y sus charlas sobre lo importante de ser agradecido, por lo cual, sin pensarlo, Daniel dijo: “Gracias arbolito” y verdaderamente, esta era la segunda palabra mágica.

Por lo que se iluminó un pasillo bastante largo, en donde al final podía encontrarse otra puerta gigante. El pequeño recorrió el camino deprisa y al llegar a la puerta no pudo controlar su emoción.

Al entrar observó una montaña enorme llena de chocolates, dulces y juguetes, nunca había estado tan feliz. Al día siguiente llevo a todos sus amigos y cada uno de ellos tuvo que decir las dos palabras mágicas para entrar al árbol.

La emoción entre los pequeños era asombrosa, todos jugaban y comían, una felicidad que desde hace mucho tiempo no se veía en aquel pueblo. Cuando los adultos se enteraron de la existencia de un árbol mágico en el bosque, le pidieron a Daniel que los guiara.

Así, los adultos también tuvieron que decir las palabras mágicas para entrar al árbol encantado, aunque en vez de tener chocolates y juguetes, los adultos tenían oro y mucho dinero, el cual compartieron con todo aquel que dijera las palabras secretas.

De esta manera y gracias a las enseñanzas de sus padres, Daniel y todo el pueblo aprendió la importancia de las palabras mágicas y los buenos modales. Desde ese momento, nadie nunca más olvidó decir “Por favor” y “Gracias”.

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