Todos los días, Andrés se levantaba temprano, preparándose para ir al
colegio y se apresuraba para no perder el bus. Siempre a dos cuadras
antes de llegar, veía a través de la ventana a una misteriosa niña que lo
miraba, le sonreía y después se ocultaba dentro de unos arbustos
desapareciendo a su vista; ya parecía una costumbre, pues cada vez que
iba a la escuela sucedía lo mismo.

Un día la curiosidad lo hizoEl viaje
bajarse del bus antes de la cuadra
donde solía ver a la chica, con la
excusa de que se le había quedado
algo importante en casa. Así que
caminó una cuadra y para su
sorpresa allí estaba ella esperándolo,
al acercarse, lo miró como antes, le
sonrió, se volteó y se introdujo en el
arbusto.

Andrés decidió seguirla, pero al
meterse a los arbustos la oscuridad
se apoderó del espacio entrando a
una especie de túnel, su corazón
parecía salir de su pecho cuando se
abrió una especie de telón y miró a la niña en la cima de un hermoso
valle, ella le extendió su mano y él la tomó, llevándolo a lo más alto de
una montaña, allí lo abrazó fuertemente y se lanzó al vacío llevándoselo
consigo.

Su aparatosa caída se convirtió en un impresionante vuelo, recorrieron
hermosos paisajes, ciudades enteras nunca vistas por Andrés, desde las
alturas estaba impresionado por todo lo que estaba viendo, lagos, montañas, desiertos, nevadas, parecía que ella le mostraba el mundo entero y sus más exuberantes bellezas.

Pero, luego todo comenzó a cambiar mostrándole el dolor del mundo y al pasar por una especie de volcán se detuvo dejándolo caer, Andrés pensó que era el final
de su vida, sentía como el calor del volcán iba aumentando mientras
caía al vacío, pero se despertó repentinamente de su aparente
sueño, sin comprender cómo había llegado a su casa.

Su madre que lo escuchó gritar fue a ver lo que había pasado, pero
éste le dijo que había tenido una extraña pesadilla y que estaba bien, así
que se preparó nuevamente para ir al colegio aun sin comprender lo que
había vivido, ese día notó que el arbusto ya no estaba en el lugar de siempre y mucho menos aquella niña.

Al día siguiente, al pasar por el mismo lugar el chofer se detuvo, abrió la puerta y allí estaba ella, lo miró, le sonrío y se sentó a su lado susurrándole al oído: “Hoy todos vamos a hacer un viaje colectivo para siempre” e inmediatamente todo se oscureció y los gritos de los niños llenaron el espacio desapareciendo inexplicablemente del lugar.

Desde ese momento nadie sabe de Andrés, el bus, ni de los niños que estaban con él, pero dicen que en la esquina donde estaba el arbusto se suelen oír en las noches los gritos de los niños desaparecidos, mientras que otros aseguran ver a la niña esperando a otro curioso que se baje del bus para llevarlo al abismo y viajar juntos en otra dimensión.

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